Nacido esclavo en Hierápolis (Frigia), en torno al 55 d. C., Epicteto se preguntó en múltiples ocasiones por el equilibrio armónico que ha de dar sentido a una vida. Sus enseñanzas, filtradas de algunos anacronismos, son plenamente actuales.

Anticipando lo que luego pensadores centroeuropeos desarrollarían con mayor rigor ontológico, Epicteto diferencia entre el trabajo objetivo y el subjetivo. El primero es el factum (el producto o servicio) por el que cada uno es retribuido. El segundo es aquello en lo que nos vamos convirtiendo a causa del modo en que nos comportamos al obrar.

El valor de nuestro autor se debe, en gran medida, a que sitúa el acento en el esfuerzo por progresar para convertirnos en buenos profesionales y personas, y no en la testarudez por una utópica perfección. Todo ser humano ha de emprender la apasionante aventura de mejorar como criatura, de llegar a ser lo que debe ser.

Sus tres grandes propuestas antropológicas son: controlar las pasiones desordenadas, ser coherente con las propias responsabilidades y comprender el mundo e interpretarnos a nosotros mismos dentro de un universo cambiante, ambiguo, complejo y vulnerable.

Su influencia brota tanto de sus aportaciones como de su congruencia: residía en una chozuela de reducidas dimensiones y evitó a los lisonjeros. Gracias a Epafrodito pudo frecuentar la escuela del maestro estoico Musonius Rufus. Tras años de prestigiosa labor docente en la Urbe debió exiliarse a Grecia, para fallecer con aproximadamente 80 años en Nicópolis. Su semilla quedó prendida, entre otros, en Marco Aurelio, conocido como el Emperador filósofo.

Un manual de vida es fruto de un escueto espigueo de la recopilación que de su pensamiento realizó el historiador Flavio Arriano.

Adelantándose a lo que hoy algunos conocen como postverdad, Epicteto explicaba que “lo que en verdad nos espanta y desalienta no son los acontecimientos exteriores por sí mismos, sino la manera en la que los analizamos”. Lo que para uno puede ser un desastre, para otro es el trampolín para una radical transformación sobre el sentido de su existencia.

Antecedente del autor medieval que formuló el aforismo “no pongas tu paz en la boca de los hombres”, Epicteto enseñaba a no depender de juicios ajenos. Señalaba la fragilidad del valor de apreciaciones ajenas, pues “el mérito personal no puede proceder de una fuente externa”. Y finiquitaba con aplastante sapiencia: “¡A quién le importa lo que los demás piensen de ti!”.

No todo el mundo entenderá tan penetrantes cavilaciones en un mundo volcado a la estética y a la tasación por parte de los demás. ¡Cuántos cotilleos desaparecerían si se impusiesen las propuestas de este pensador!

Epicteto anima a no perder el core business, no sólo de la empresa, sino de la propia existencia. Lo hace con el símil del viajero que al descender del barco se dejase atraer por cualquier fruslería, corriendo el riesgo de perder el navío. Así lo expresa: “en cuanto el capitán llame a bordo, debes estar listo para abandonar dichas distracciones y acudir prontamente, sin siquiera volver la vista atrás”.

Verificamos, una vez más, que lo que algunos exponen en la actualidad, a veces de forma superficial, ha sido analizado y explicado con profundidad por los clásicos, que no son los antiguos, sino quienes aportan verdades -¡sabiduría!- que trasciende las generaciones.

Concluyo con un detalle: su proposición de examinar la realidad con optimismo: “no cometas sabotaje contra ti mismo inconscientemente adoptando actitudes negativas e improductivas fruto de tu trato con terceros”.