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valores
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El valor de un negocio (y de una vida) reside en el valor de sus relaciones. Juzgamos a los profesionales y a las empresas por sus resultados, pero en el origen de un buen desempeño personal y organizacional late la capacidad de crear vínculos intensos y de una duración adecuada. El capital relacional es uno de los activos más importantes de las empresas y de quienes trabajamos en ellas.

Con el paso del tiempo, caemos en la cuenta de que hay relaciones que apenas agregan valor y a las que hemos dedicado demasiado tiempo de nuestra vida o de nuestra carrera, mientras que otras relaciones que nos han aportado de verdad han recibido menos atención de la que merecían. Nos convertimos en personas ávidas de vínculos valiosos, que resulten significativos desde cualquier punto de vista: emocional, intelectual, profesional, económico, etc.

En esa etapa de nuestra carrera, la gestión del tiempo no se apoya sobre la pregunta: “¿a qué dedico mi jornada?”, sino “¿a quién doy entrada en mi agenda?”. Como decía Aristóteles, los objetivos más apreciados no los conseguimos por nosotros mismos, sino a través de otros. Elegir las relaciones, cuidarlas y darles continuidad en el tiempo pasa a ser una de las prioridades de un profesional maduro.

Cada vez más organizaciones buscan en sus directivos esta capacidad de generar relaciones de alto valor añadido, empezando por los propios empleados. De hecho, no se suele aceptar como excusa ante unos resultados poco satisfactorios el hecho de que el equipo no está suficientemente comprometido. Si una relación es de baja intensidad, lo primero que hay que preguntarse es qué hace el responsable o el supervisor para crear un entorno de relaciones más valiosas.

En entornos profesionales es perfectamente perceptible la actitud de quienes ejecutan sus tareas de forma comprometida, y la de los que se limitan a cumplir una simple obligación. El desempeño de los primeros es superior a lo que sus competencias harían esperar. En el caso de los segundos, aun tratándose de personas con amplia experiencia y cualidades excepcionales, encontramos a lo sumo el nivel esperado de resultados.

Resultan paradigmáticos los casos de personas a las que conocemos en su entorno laboral y nos parecen grises, rutinarias y poco creativas. Más adelante, los observamos en algún ámbito de su vida privada (el desarrollo de una afición, la práctica de un deporte, etc.) y comprobamos que son creativos, impulsivos y con grandes dotes de liderazgo. El contraste tiene su origen en que, en el primer caso, son meros ejecutores de instrucciones ajenas, mientras que en el segundo ponen en juego su voluntad. Allí donde una persona hace aquello que quiere, allí encontramos la justa expresión de todo lo que esa persona es capaz.

En una organización de cierta complejidad, uno de los directivos me describía así la situación: “aquí hay gente que detecta problemas; otros, son ellos mismos un problema; y por último están los que resuelven problemas”. Este cuadro se repite, con matices, en muchas empresas: el ingenio, sin voluntad real de alcanzar los fines de la organización, más que una ayuda, se convierte en una rémora. Hay gente especialmente lúcida para detectar fallos y errores en los demás, pero muy roma para encontrar soluciones. Por el contrario, quien tiene una voluntad decidida suele analizar las situaciones desde una perspectiva muy práctica y con soluciones efectivas. Al modo de pensar de los primeros se lo suele describir con la expresión: “a la parálisis por el análisis”. Los razonamientos de los segundos, generalmente no tan “brillantes” (no son ocasión de lucimiento personal), van certeramente a la obtención de los objetivos propuestos.

Ambas actitudes son contagiosas. Y, de hecho, cuando predomina el primer perfil encontramos organizaciones desanimadas, reactivas y burocratizadas. Las personas que llegan con entusiasmo suelen sufrir un “baño de realismo” que no rara vez les lleva a compartir el escepticismo generalizado. Por el contrario, basta a veces una persona realmente comprometida con un proyecto, para transmitir a todo su equipo el mismo entusiasmo y obtener de ellos un desempeño excelente.

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José Aguilar

Sobre José Aguilar

José Aguilar es Socio Director de MindValue, firma especializada en servicios profesionales para la Alta Dirección, y vicepresidente de la Asociación Internacional de Estudios Management (ASIEMA). Es coach de Alta Dirección y miembro del Top Ten Management Spain. Es reconocido como uno de los principales especialistas españoles en asesoramiento y formación gestión del cambio.

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