“Ningún líder trata de ser un líder. Las personas viven sus vidas buscando expresarse a sí mismas al máximo y, cuando esa expresión es valiosa, inspiran a los demás que les identifican como líderes. Para liderar, tan solo necesitas convertirte en la persona que quieres y puedes llegar a ser.”  Warren Bennis (libro ‘On becoming a leader’)
Según ciertas opiniones “el líder nace, no se estudia ni se elige; se es.” Si tomáramos por separado, una por una, estas afirmaciones podrían buscar puntos de conexión con cada una de ellas, pero si las junto en una sola frase, me siento en profundo desacuerdo con el determinista sentido del liderazgo que defiende, pues creo firmemente que este no es un don reservado a unos cuantos privilegiados, sino que se trata de una actitud que, como cualquier otra, cada uno de nosotros puede aprender y desarrollar.
Comparto, cómo no hacerlo, que hay personas que ya vienen de serie con algunos de los atributos esenciales que definen el liderazgo pero, aun así, eso no las identifica como líderes, a menos que inviertan gran cantidad de tiempo y esfuerzo en pulirlos, mejorarlos, entrenarlos y, sobre todo, aplicarlos al servicio de los demás. Algunas de estas habilidades también aparecen muy destacadas en déspotas, demagogos, tiranos y autoritarios que las utilizan en su propio beneficio y, aunque a través del miedo también puedan alcanzar los resultados que buscan, ni son sostenibles en el tiempo, ni dejan un legado en la organización. Al contrario, hacen añicos la confianza y las relaciones, por lo que en absoluto podemos identificarlos como líderes al servicio de personas y equipos. Por lo tanto, y en el mejor de los casos, los ‘líderes potenciales’ nacen, pero les queda mucho camino por recorrer para ser percibidos como tales por los demás.
Cuando hablamos de cómo se ve o cómo se aprecia el liderazgo de alguien, hacemos referencia a actitudes sencillas y concretas que tienen gran impacto en los demás y que cualquiera de nosotros, si realmente lo desea, puede poner en práctica hasta consolidarlas como nuevos hábitos que aumentarán el impacto e influencia de nuestro liderazgo. Es probable que, en la mayoría de los casos, no sea algo ‘innato’ y seguramente nos puede costar más esfuerzo que a otros que ‘han nacido con ello’ pero, por supuesto, todos podemos aprenderlo.
Considero que es un noble arte la capacidad de liderar personas haciéndolas sentir valiosas, competentes y reconocidas, y desde hace más de 50 años y aunque parezca contradictorio, el liderazgo también es una ciencia que estudia, observa y analiza qué es lo que hacen quienes alcanzan resultados extraordinarios, cómo demuestran esta capacidad de influencia positiva en sus organizaciones, qué hacen exactamente, cómo lo hacen, cuáles son las actitudes, los comportamientos y el lenguaje con los que se expresan y qué valores transmiten con todo ello, cómo conectan con sus seguidores, qué tipo de conversaciones tienen con ellos y cómo consiguen que se sientan orgullosos de pertenecer a sus equipos y que les ofrezcan su compromiso auténtico. Gracias al estudio del liderazgo como ciencia podemos contrastar, medir y comparar los diferentes modelos y estilos que existen y obtener conclusiones valiosas que sirvan de referencia para todos aquellos que quieren y necesiten aprender a liderar al servicio de personas y equipos.
El liderazgo es por lo tanto arte, ciencia y, sobre todo, ética. Son los demás los que perciben al líder como un referente, como una persona digna de confianza a la que merece la pena seguir y con la que comprometerse. No podrás ser mejor líder de lo que eres como persona… y ese auto-liderazgo es una tarea y una responsabilidad que te ocupará toda la vida y que quizá, no se pueda estudiar pero que, desde luego, puedes y debes aprender.
Por último, existen opiniones que también afirman que no se elige ser líder; se es o no se es. Pues otra vez, sí y no. Si se refieren a que nadie nace queriendo ser líder, que ser líder no es una vocación, ni un oficio o profesión, tal y como afirma Warren Bennis… no puedo estar más de acuerdo. Pero si entendemos liderar como ayudar a alguien (persona o equipo) a ser mejor, a crecer y a transformarse en su mejor versión, en cualquier contexto o situación, empresarial, familiar, profesional, deportiva… eso sí que es una decisión trascendente que define una forma de ser y de estar en el mundo, eso sí que es una elección, quizá la más importante; elegir una vida con sentido y propósito.
De hecho, si liderar es ponerse al servicio de los demás para ayudarles a desplegar su máximo potencial, tengo la convicción de que cada uno de nosotros y a pesar de ser perfectamente imperfectos, en algún momento de nuestra vida, queriendo o sin querer y en uno u otro ámbito de actividad, hemos ejercido alguna vez ese rol de Líder. Tan solo necesitamos hacerlo más conscientemente, más veces, durante más tiempo, con más personas, con mejores habilidades y con mayor impacto.
Sostengo que liderar no es una opción al alcance de unos pocos elegidos, de algunos TOP, sino un hábito que nos ayuda a todos a crecer y a ser mejores de lo que estamos siendo.  Como dice Andrés Ortega, “desde la idealización del liderazgo y sus inalcanzables modelos, una persona puede ser o no un líder… pero desde la realidad que todos vivimos, un líder siempre es y será, ante todo, una persona”. Y cuando somos capaces de asumir esta realidad tal y como es… podemos desmitificar esa concepción sobrehumana del liderazgo… y es entonces cuando podemos entender el liderazgo desde otra perspectiva en la que todas las personas somos líderes dependiendo del contexto y las circunstancias… y viceversa, todos los líderes son personas con anhelos, deseos, aciertos y errores, con preocupaciones y temores, con inseguridades y dudas, con emociones incómodas, con ilusión, energía y altibajos, con aciertos y errores, con fe, esperanza, creencias y límites… En definitiva, personas con todos los benditos atributos y rasgos con los que todos y cada uno de nosotros, sin excepción, convivimos día a día. Peter Drucker, gurú austriaco del Management, afirmaba que “los líderes nacen, pero nacen tan pocos que a los demás hay que formarlos.” Así es que, no hay excusas y tú, en esencia, un ser humano standard y perfectamente imperfecto, también eres un líder. ¡Despierta… y atrévete a brillar!
(Diferencia entre Brillar, Alumbrar y Deslumbrar. BRILLAR es atreverte vivir conectado a tu auténtica naturaleza, a tu esencia y a lo mejor que tienes para ofrecer. Cuando te permites brillas, tu sola Presencia ilumina a los demás, sobran las palabras, un gesto, una sonrisa, un abrazo, tu silencio… es suficiente. ALUMBRAR es ayudar a otro a encontrar su camino inspirándole a ser quien todavía no está siendo… pero podría llegar a ser… con tu ayuda. Alumbrar es ser un líder al servicio de los demás generando conversaciones transformadoras para ellos. Y DESLUMBRAR es un exceso de artificio, un ejercicio exagerado, puro ego, que tiene el efecto contrario de nublar e impedir la visión del otro, en lugar de aclarársela).