Se ha convertido en un lugar común referirse a la inopinada intrusión de incontables mensajes electrónicos que todos recibimos. Es frecuente también que en más de una sesión de trabajo para equipos directivos se pregunte por los mejores medios de gestionar los numerosos  emails que día tras día colman las bandejas de los ordenadores de cualquier profesional.
Más de una vez me ha venido a la cabeza aquella expresión de Unamuno que, ante la afirmación de que el conocimiento no ocupa lugar, replicaba:
-¡Pero, sí tiempo!
El exceso de información recibida a través de medios más o menos vanguardistas se ha tornado, con todo motivo, una inquietud. Son diversos los instrumentos que pueden ser utilizados para minimizar el impacto -filtrado de mensajes, reservar unos momentos al día para despacharlos, contar con una persona que seleccione los relevantes, etc. -, pero no hay ninguno perfecto.
Quisiera hoy, sin embargo, referirme a un fenómeno que ha florecido en los últimos tiempos y que se soslaya tras las críticas por la proliferación de los mensajes. Se trata de una lamentable demostración de mala educación.
Se manifiesta, en efecto, carencia de urbanidad cuando se remiten sin ton ni son mensajes electrónicos a quienes no tendrían  por qué verse importunados. El hecho de su gratuidad no debería haber dado alas a los desaprensivos que proporcionan direcciones de personas que nunca han estado interesadas en la información que en un momento determinado se difunde. Puede resultar tan agobiante como esos comerciales callejeros que con una carpeta en la mano y una camiseta de cualquier ONG tratan de vender suscripciones de diverso tipo que uno no desea.
La carencia de educación no la manifiesta sólo el emisor de los mensajes, sino también aquellos receptores que, parapetados en la excusa de la multiplicación de los correos carecen de la mínima instrucción para responder mensajes personalizados que fueron escritos por personas a quienes sí conocen.
En un fenómeno que no conoce de razas, ni de idiomas, parecería haberse impuesto el principio de que no responder a un texto personalizado carece de gradación ética y estética. Y no es así.
Cuando alguien que nos conoce nos escribe puede ser que lo haga con una solicitud extemporánea, pero eso no proporciona patente de corso para no dedicar unos segundos a responder.
Resulta, además, curioso que quienes engreídos en un determinado puesto no se dignan a dedicar unos segundos de atención a diseñar una respuesta afable, son quienes luego –perdidas las prebendas- bombardearán a sus minusvalorados interlocutores precedentes en busca de un trabajo.
He repetido muchas veces, porque lo creo firmemente, que lo que algunos denominan soft skills, en realidad son muy hard. No es fácil empatizar, comunicar, negociar, o… responder amablemente un mensaje personalizado.
Como mármoles sin devastar, algunos directivos –y muchas otras personas que no lo son- se sentirán más adelante indignados porque no se les responde, pero en sus periodos de presuntuosa gloria consideraron rebajarse responder con un “muchas gracias, pero ahora no preciso de sus servicios”, o cualquier otra expresión semejante, si es que ése era el caso.
La educación no hace referencia a la mayor o menos disposición de tiempo, sino a esa gallardía de bien que algunos tienen y de la que demasiados carecen.