Las empresas innovadoras logran diferenciarse de sus competidores, construyen ventajas competitivas, obtienen mayores niveles de satisfacción entre sus clientes, resultan más atractivas para posibles inversores, y las personas que trabajan en ellas, suelen mostrarse más motivadas y comprometidas. Todo ello se traduce finalmente, en un incremento de las ventas y los beneficios.
A estas alturas ya casi nadie discute que la innovación es un elemento clave para la competitividad y el crecimiento de las empresas. Sin embargo, en nuestro país, todavía son pocas las  empresas que realizan actividades relacionadas con la innovación, y muchas menos las que lo hacen de manera continuada y sistematizada.
La mayoría de buenas prácticas, fomentadas por escuelas de negocio y publicaciones sobre gestión empresarial, que han sido aceptadas por las empresas como dogma, están mucho más enfocadas a la explotación del negocio actual que a la exploración de nuevas oportunidades.
En muchos casos, esas practicas han surgido de necesidades empresariales distintas a las actuales, y se centran mayoritariamente en la ejecución y la eficiencia, y no están pensadas para generar de manera constante nuevas soluciones. Es más, a menudo coartan las conductas necesarias para explorar, o lo que es lo mismo, innovar.
Esta falta de guías hace que muchas empresas deban buscar soluciones a esta situación. Una de las más utilizadas, es la de salir del entorno habitual, buscar un lugar alejado del día a día, contratar un facilitador y pasar dos días fantásticos, llenos de inspiración y energía, en los que generar ideas y pasar un buen rato.
Lamentablemente, una vez terminadas esas sesiones y de regreso al puesto de trabajo y a la realidad de la rutina diaria, el foco vuelve a estar en la explotación del negocio actual, las ideas van quedando en el olvido, nunca llegan a ser implementadas y toda la energía invertida se va desvaneciendo.
La innovación no puede convertirse en un evento ocasional. Para generar resultados, debe ser parte del trabajo diario. La organización debe diseñarse para combinar explotación y exploración,  y las personas que trabajan en ella, deben verse inmersas en actividades que tengan como propósito buscar inspiración, generar ideas e implementarlas. En otras palabras, deben adoptar nuevas conductas
Una de las ecuaciones más famosas en el ámbito de las ciencias sociales, y relacionada con los estudios sobre la conducta humana, fue desarrollada por el psicólogo Kurt Lewin. Según esta ecuación, nuestra conducta vendrá determinada por dos variables, nuestra personalidad y el entorno en el que nos encontremos.

Conducta = Personalidad x Entorno

Siguiendo este razonamiento, para lograr que una persona adopte conductas que favorezcan la innovación, es clave que los líderes creen los entornos propicios para ello, y que a la vez sepan influir en el modo de pensar de los miembros de la organización. Es decir, deben construir culturas innovadoras que fomenten nuevos comportamientos.
Para pensar de un modo distinto, es decir para romper la inercia cognitiva, el mejor camino es romper la inercia de acción. Dicho de otra manera, realizar nuevas actividades nos llevará a pensar de un modo diferente, y si esto se hace en un entorno que ha sido creado para fomentar esos comportamientos, entraremos en un circulo virtuoso, que se materializará en un flujo constante de innovaciones.
El gran reto de las personas que ocupan posiciones de liderazgo, no es tanto el de ser visionarios o innovadores ellos mismos, sino el de lograr activar todas aquellas palancas que hagan que las personas adopten conductas innovadoras, y que la cultura, la estructura y los sistemas de la empresa les den apoyo.
Detrás de cualquier producto novedoso hay personas. Por lo tanto, aquellas empresas que desean basar su competitividad en la innovación, deben ir más allá de los discursos amables y poner en práctica una serie de acciones que fomenten, apoyen y premien los comportamientos innovadores, con todo lo que ello implica.
Las empresas desean generar valor, crecer y ser competitivas, a través de la introducción más o menos constante de nuevos productos, servicios u otras formas de innovación. Como clientes podemos percibir a ciertas empresas como innovadoras, debido a su capacidad de sorprendernos y generar un flujo constante de novedades. Sin embargo, esa es solo la cara visible de la innovación.
No debe olvidarse que innovar es muy distinto a gestionar el día a día. La omisión permanente de la diferencia existente entre las actividades necesarias para crear algo nuevo, y las necesarias para ejecutar de manera eficiente, explica en gran medida la dificultades que muchas empresas sufren, cuando pretenden incorporar la innovación, a menudo con calzador, en el día a día de sus empleados. En un entorno donde todo está pensado para lograr la eficiencia, no hay espacio para la innovación. Antes hay que preparar a las personas, y adecuar el entorno.
Muchos directivos desean obtener los beneficios que la innovación puede aportar a sus empresas. La mayoría de ellos imaginan nuevos productos, servicios o modelos de negocio a partir de los cuales tener éxito en sus mercados. Sin embargo, para que eso llegue a suceder, antes deben enfocar sus esfuerzos en el modo de gestionar a sus personas, en ofrecerles un entorno que impulse y premie la innovación, y en fomentar que estas adopten ciertas conductas y se involucren en nuevas actividades. Sin acción, no hay innovación.