Hay un amplio consenso acerca del impacto que la disrupción digital producirá sobre el mercado de trabajo. Ya no parece sostenible el modelo sobre el que hemos diseñado nuestras vidas y nuestras carreras profesionales durante las últimas décadas. En países desarrollados, un paradigma común de este modelo se definía por los siguientes parámetros:

  1. Etapa de formación: aproximadamente 20 años para posiciones cualificadas (15 para actividades de menor cualificación).
  2. Etapa laboral: 40 horas semanales de trabajo, durante 40 años.
  3. Entorno profesional: relativamente estable, en cuanto al sector de actividad, al área funcional e incluso a la organización para la que se trabaja.

Este marco resultaba previsible, y permitía tomar decisiones personales (formar una familia, etc.) y económicas (suscribir una hipoteca, por ejemplo) sobre una base sólida.

Para quien añore ese modelo, la disrupción digital no es una buena noticia. Ya estamos acostumbrados a la difusión de malos augurios, tanto desde el punto de vista cuantitativo (contracción del mercado de trabajo, supresión de empleos, etc.) como cualitativo (empleo de menor calidad, precarización del mercado de trabajo, etc.).

La creciente automatización de procesos, así como la inminente irrupción de la inteligencia artificial en muchos ámbitos laborales deben ser abordadas con cautela y con inteligencia. Si sabemos aprovechar las oportunidades que estos hechos plantean, no solo evitaremos los riesgos anunciados por los agoreros de desgracias, sino que migraremos hacia nuevos modelos laborales, más satisfactorios en términos humanos y más beneficiosos en términos sociales.

Señalo alguno de los beneficios de una transformación digital inteligente del mercado del trabajo.

  1. Ruptura de la distinción rígida entre etapa formativa y etapa profesional. Probablemente, muchas de las experiencias que tengan nuestros hijos en sus primeros años tengan una directa aplicación laboral, y la formación a lo largo de la carrera será un requerimiento obligado para la mayoría. Es mucho más estimulante mantener abiertos procesos de aprendizaje que dar por concluida nuestra capacitación a edades tempranas.
  2. Mayor igualdad de oportunidades. Frente a quienes vaticinan nuevas brechas sociales, entre quienes desarrollan perfiles muy tecnológicos y el resto, vale la pena recordar que la tecnología nos conduce a escenarios más homogéneos. La primera revolución industrial concentró los medios de producción en unas pocas manos. La revolución digital pone en manos de todos las herramientas para acceder a una información masiva. Hoy, el CEO de una gran compañía lleva consigo un dispositivo móvil con una funcionalidad muy parecida o idéntica al de su empleado más joven. Incluso en lugares subdesarrollados, es más fácil ofrecer cobertura inalámbrica de datos que redes de distribución de agua potable o de saneamiento.
  3. Específicamente, la digitalización puede contribuir a una mayor igualdad de género. Se ha dicho que los perfiles muy tecnológicos son todavía mayoritariamente masculinos. Aparte de que esta brecha se está reduciendo, conviene advertir que una economía digital no se apoya solo sobre perfiles tecnológicos. De hecho, cuanto más se extienda el uso de la inteligencia artificial, más capacidad tendrán las máquinas para actualizar sus algoritmos de manera autónoma (machine learning). Los trabajos de mayor demanda no serán los que nos asemejen a las máquinas, sino los que nos diferencien de ellas. La compasión, la empatía, no serán ya solo valores de carácter moral, sino competencias profesionales de primer orden. Sectores muy intensivos en mano de obra, como el ocio, el turismo, la educación, la asistencia sanitaria, la atención a dependientes, demandarán personas que conecten con personas. Para lo demás, ya están las máquinas.
  4. Mayor calidad de vida. A veces, se asocia de manera muy simple carga de trabajo con empleo. Entornos productivos altamente automatizados demandarán probablemente menos trabajo, pero no necesariamente menos empleo. Si los procesos más mecánicos son realizados por máquinas, de forma muy eficiente, hay un amplio margen para que seres humanos realicen tareas en las que aporten un valor diferencial como humanos, sin extender sus jornadas laborales para tareas que llevarán a cabo los “trabajadores” no humanos de la empresa.

Paradójicamente, es probable que las máquinas nos ayuden a ser más humanos.