Escribió Nietzsche que quien dispone de los porqués encuentra los cómos. La sugerencia es relevante en un mundo en el que tantos viven centrados en los instrumental y tan pocos en lo esencial.

De forma contundente explicaba Aristóteles que la causa eficiente no es unificadora. Formulado con lenguaje contemporáneo: ocuparse en un trabajo, centrarse en una actividad no proporciona sentido al quehacer. Es imprescindible profundizar en la causa final -el porqué último de nuestro actuar-, pues, quien ignora la meta sólo acertará por casualidad.

La persona, cualquier persona, es un ser ilusionable. Lamentablemente, si se desea destrozar anímicamente a alguien basta con hurtarle la esperanza, las expectativas. El presente resulta insuficiente, vivimos proyectados en el porvenir y también en intangibles. Por eso, fracasará el directivo que se limite a comunicar a sus subordinados una mejora en los lucros económicos de una compañía como fruto del esfuerzo. Para que ese dato se transforme en entusiasmo resulta indispensable que parte de esa ventaja colectiva se traslade a cada individuo; y que, además, exista algún inmaterial asociado. Por ejemplo, que parte del esfuerzo –del beneficio- redundará en personas necesitadas.

Y todo ha de ser real: debe plantearse como objetivo, no como herramienta.

Los miembros de las organizaciones se inspiran en el comportamiento, que no en la palabrería, de sus superiores. De ahí la relevancia de la coherencia entre lo que se proclama y lo que se obra. Decir lo que se piensa (sin dobles agendas) y cumplir lo que se promete son claves ineludibles para conformar equipos sólidos.

El dificultoso equilibrio entre organizaciones y personas encuentra vías adecuadas de cumplimiento cuando se promueve un entusiasmo colectivo que logra que cada miembro del equipo renuncie a intereses particulares en pro de las metas colectivas.

Suscitar organizaciones con sentido reclama reflexión. No resulta fácil, pues vivimos en una civilización con desproporcionada percepción de urgencias, con ausencia de silencio. Y únicamente en un entorno que consienta el recogimiento podrán adoptarse opciones netamente valiosas.

Todo directivo, pero particularmente los CEO’s y los Directores de RR.HH. deberían poseer (o si no la tienen, han de lograrla) una formación no sólo técnica de gestión, sino también preparación antropológica suficiente para engendrar organizaciones ilusionadas. Siempre es preciso, y mucho más en periodos de incertidumbre asumida como la que actualmente atravesamos.

Formulados los porqués, los cómos –los medios- irán haciéndose presentes con luces nuevas.