La mayoría de los ingenieros que conozco no han resuelto una integral desde que abandonaron la Escuela. Hoy no sabrían enfrentarse a uno de esos problemas de cálculo que, en su época de estudiantes, les ocupaban solo durante unos pocos minutos. ¿Qué sentido tiene mantener una capacidad que, en la práctica, no van a utilizar en su trabajo? Disponen de herramientas que permiten automatizar esa tarea, sin margen de error y en un tiempo más breve.

Personas con todo tipo de títulos superiores no ven una relación directa entre los estudios realizados y su ejercicio profesional. Consideran que en su etapa académica memorizaron una gran cantidad de información estructurada que, o bien ha quedado obsoleta, o bien está disponible en repositorios a los que tienen acceso 24/24 y desde cualquier lugar en el que se encuentren. Dejamos de memorizar en el momento en el que el sistema en el que se almacena la información que necesitamos es suficientemente fiable, actualizado y accesible.

¿Cuántos de nuestros conocidos, de más de 40, aluden a la época en la que memorizaban los números de teléfono de uso frecuente? Hoy no tienen necesidad alguna de recordar esa información pues basta con buscar al conocido en la agenda de su Smartphone, o simplemente indicar por voz a su dispositivo que llame a esa persona. Muchos reconocen que han perdido memoria, por falta de entrenamiento, pero piensan que la atrofia en esa capacidad está sobradamente compensada por los beneficios que obtienen.

¿Y qué decir del ímprobo esfuerzo que nos ha supuesto aprender varios idiomas? Hoy disponemos de asistentes virtuales que actúan como intérpretes, prácticamente en tiempo real. Contamos ya con tecnología suficientemente desarrollada como para realizar implantes en el oído de forma que escuchemos en nuestro propio idioma la conversación con otras personas que emplean diferentes lenguas.

Es cierto que el lenguaje natural y los problemas que se formulan de manera desestructurada e informal suponen un notable desafío para los sistemas automatizados. Las ironías, los dobles sentidos y otros muchos recursos que jalonan nuestras conversaciones han sido hasta ahora una barrera casi infranqueable para las máquinas. La inteligencia artificial está superando este obstáculo. Permite enfrentarse a problemas con niveles de flexibilidad y adaptabilidad inquietantemente parecidos a los de los seres humanos.

Llegados a este punto, muchas personas (y empresas) se plantean la utilidad de los formatos que hemos empleado durante los últimos siglos para formarnos. Dedicamos tiempo y recursos para adquirir capacidades que, en el momento de ejercitarlas, ya no son necesarias: las tareas para las que nos hemos preparado pueden ser realizadas por sistemas automatizados. ¿No tendría más sentido destinar esos recursos al desarrollo del machine learning? En teoría, a nosotros nos bastaría con saber qué podemos esperar de los sistemas de los que disponemos, y cómo acceder al conocimiento que generan y almacenan.

Estas reflexiones producen perplejidades y han abierto un interesante debate. Resumo algunas de las reflexiones formuladas en diferentes foros y que pueden inspirar la política de formación de familias y empresas:

  1. La capacidad de cálculo, la memoria y otras capacidades intelectuales sofisticadas ponen en ejercicio estructuras neuronales extraordinariamente complejas, formadas a lo largo de procesos evolutivos de miles de años. El abandono sistemático del ejercicio de esas capacidades supone una atrofia de resultados imprevisibles. Es cierto que el uso intensivo de tecnología pone en marcha otros procesos que nos harán evolucionar en una dirección diferente pero no resulta evidente que estos cambios vayan a jugar a favor de nuestra especie.
  2. Los diferentes idiomas no son solo códigos intercambiables para expresar una misma realidad. Cada una de las casi 7.000 lenguas que utilizamos los seres humanos moldea nuestra forma de pensar, como ha expresado muy bien Lera Boroditsky. Citando a Alejandro Magno, nos dice que “tener una segunda lengua es tener una segunda alma”.
  3. La experiencia de las anteriores revoluciones industriales muestra el riesgo de atrofiar determinadas capacidades. Cuando ya no necesitamos ejercitar nuestros músculos para realizar actividades en las que nos jugamos nuestra supervivencia, crecen exponencialmente los problemas asociados a la obesidad y al sedentarismo. Pero también es cierto que gracias a nuestros conocimientos de biomecánica y al avance de técnicas de nutrición, fisioterapia, etc., entre los deportistas de élite contamos con los seres humanos más rápidos de la historia, o con los que levantan más peso desde que tenemos registros.

No desarrollamos capacidades para competir con máquinas más eficientes que los humanos en unas mismas tareas, sino para competir con nosotros mismos, en el constante esfuerzo por llevar a plenitud todo nuestro potencial como individuos y como especie.